Revista Más Palabras Fin de Curso 2025

EDITORIAL

Una estela es el rastro luminoso que deja una estrella fugaz al atravesar la atmósfera de la Tierra. Su luz puede ser muy brillante, pero dura poco.

Los docentes somos como esas estelas. En el amplio firmamento de la educación ocupamos un hueco del cielo, aportamos nuestra luz durante varios años y desaparecemos.

En la primera clase que me tocó impartir, en cambio, mi aspecto no era brillante, más bien al contrario, como me hizo saber un alumno:

– Profe, ¿eres cura?

– ¿Por qué lo preguntas?

– Porque vas de negro.

– Voy de negro porque estoy de luto.

Hacía mes y medio que había fallecido mi madre, así que tenía una sensación agridulce, de objetivo laboral cumplido, pero sin haber superado todavía el duelo. Fue un curso intenso en el que aprendí que para ser profesor debía dejar de ser Ignacio, que esta profesión requería que mis opiniones y valoraciones personales debía supeditarlas a las necesidades de aprendizaje del alumnado, es más, debía suspender a alumnos que me caían bien y aprobar a alumnos que me caían mal.

También aprendí que una de mis prioridades debía ser crear una zona de confort para que yo pudiera hacer mi trabajo y el alumnado pudiera aprender. Algunas veces lo conseguí, y otras no tanto.

Siempre recordaré a una madre que se dirigió a mí, como tutor, al final de una graduación para agradecer a todos los docentes que su hija hubiese terminado 2º de Bachillerato. Me confesó que ella no creía que lo fuera a conseguir. Su hija era de las que habían pasado una adolescencia “difícil”, pero afortunadamente fue capaz de deslindar lo que le gustaba de lo que le convenía y su esfuerzo y amor propio hicieron el resto.

Son muchos los alumnos a los que he impartido clase, a los que les he abierto puertas y las han cruzado, otros prefirieron no atravesar el umbral, a algunos de los que me copiaron en los exámenes los pillé, bastantes me hicieron la pelota o me han contado mentiras y me las he creído, son varios aquellos cuyos padres tuvieron constancia por mí de sus mentiras. Muchos se rieron, y unos pocos lloraron en mis clases. De vez en cuando me decían que la clase se les había pasado muy rápido, o resoplaban mientras miraban la hora con impaciencia. A unos cuantos los intenté tratar igual que a los demás y fui injusto con ellos, aunque son la excepción, también debo reconocerlo. Muchísimos me ven fuera del instituto y se paran a saludarme y otros se hacen los despistados.

A ellos, que han sido miles, quiero agradecer todo lo que me han enseñado, porque los profesores también aprendemos de los alumnos, y espero que ellos hayan aprendido algo conmigo.

Todos los años, a final de curso, muchos me preguntaban:

– Profe, ¿nos vas a dar clase el curso que viene?

Este año toca cambiar la respuesta, ya no es necesario esconder la complejidad del reparto de grupos, las cabriolas que hay que hacer para cuadrar matemáticamente los horarios en septiembre con respuestas ambiguas, este año toca decir:

– No, el curso que viene os dará clase alguien que lo hará mejor que yo.

Toca dar un paso al lado y recordar a todos los compañeros con los que he compartido sinsabores, alegrías, dificultades y compromisos en claustros, juntas de evaluación, reuniones de tutores, charlas de pasillo y de cafetería. A todos quiero agradecer el privilegio que he tenido de trabajar con ellas y ellos, pero sobre todo con mis compañeras (y de vez en cuando, un compañero) con las que he compartido departamento y plan lector, ha sido un placer trabajar con ellas, no solo porque son muy buenas profesionales sino también buenas personas y de gran calidad humana. Ellas han sido y son una inspiración constante, ejemplo de entrega, inteligencia y humanidad. Cada una, con su forma de ser, ha dejado una huella imborrable en mí.

La luz de mi estela va a empezar a apagarse, mi tiempo de docencia llega a su fin, ahora toca dejar de ser profesor y volver a ser simplemente Ignacio.

https://sites.google.com/iesmariapacheco.com/findecurso2425/inicio

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